
Durante siglos, el amor fue entendido como un sentimiento inexplicable ¿Y si no fuese tan misterioso como creen? En las últimas décadas, la ciencia ha comenzado a iluminar aquello que por tanto tiempo se atribuyó únicamente a la emoción o la magia. Hoy, diversos estudios buscan responder qué es el amor, cómo se comporta y qué procesos biológicos atraviesa el cerebro humano cuando se enamora.
Billones de páginas se han escrito sobre el amor. Todas las culturas, épocas e idiomas han dedicado tiempo a describir sus efectos, especialmente en el ámbito del amor romántico. Lo que durante siglos se abordó desde la poesía, la filosofía y la emocionalidad, hoy comienza a dialogar con la neurociencia, la biología y la psicología.
¿Se busca restar magia a una de las mayores experiencias humanas? No. Simplemente, científicos y científicas de distintas partes del mundo -incluido Chile-, han buscado poner en la mesa los procesos por los que pasa el cuerpo humano a la hora de vivenciar el amor. Y, con ello, explicar desde una perspectiva científica una de las emociones más poderosas de la experiencia humana.
Esta convergencia entre emoción y conocimiento quedó en evidencia durante la última edición de Congreso Futuro, realizada en enero pasado, cuando la bióloga y Ph.D. en Ciencias de la Complejidad Social, María Teresa Barbato —conocida como la Dra. Oxitocina— presentó su libro Biología del Match. La obra analiza la ciencia del amor, sus procesos neuronales y los múltiples ámbitos —biológicos, psicológicos, culturales y sociales— que inciden en la experiencia de amar románticamente. Un texto que, además, se nutre de décadas de investigaciones desarrolladas por científicos y científicas en distintas partes del mundo.
Cuando el cuerpo elige primero
Para quienes siguen creyendo que el amor es una experiencia mágica e inexplicable, la ciencia ha develado cómo se activan distintos sistemas del cuerpo para dar paso al proceso del amor romántico. “Gracias a la ciencia, hoy podemos entender que el amor es una ciencia compleja, que activa mecanismos cerebrales poderosos”, afirma la Dra. Oxitocina en su libro.
Antes de que la conciencia logre intervenir, el cerebro ya ha iniciado una compleja cascada neuroquímica. Dopamina, oxitocina, serotonina y vasopresina actúan coordinadamente generando placer, atracción, apego y sensación de bienestar. Esta respuesta bioquímica, profundamente arraigada en nuestra historia evolutiva, cumple una función esencial: favorecer la creación de vínculos, la cooperación y la reproducción.
La dopamina activa los circuitos de recompensa, generando entusiasmo, motivación y euforia. La oxitocina, conocida como la “hormona del apego”, fortalece los lazos afectivos, promueve la confianza y facilita la intimidad. La vasopresina contribuye al compromiso y a la estabilidad del vínculo, mientras que la disminución transitoria de la serotonina explica por qué, en las primeras etapas del enamoramiento, la persona amada ocupa gran parte de nuestros pensamientos.
Desde esta perspectiva, el amor no comienza en el corazón, sino en el cerebro. Lo que sentimos como “química” responde, en gran medida, a una sofisticada maquinaria biológica que ha evolucionado durante millones de años para asegurar la supervivencia de la especie.
Las tres etapas del amor
La neurocientífica y antropóloga biológica Helen Fisher, una de las principales investigadoras del amor a nivel mundial, sostiene que el amor no responde a un único sistema cerebral, sino a la interacción de tres grandes circuitos biológicos que pueden coexistir, superponerse o activarse de manera independiente.
“El amor deriva principalmente de tres sistemas cerebrales: el deseo sexual, el amor romántico y el apego”, explica Fisher.
La primera etapa es el deseo sexual, vinculada al impulso biológico básico de búsqueda de pareja. Su función principal es motivar el acercamiento físico y la atracción general hacia otras personas.
La segunda etapa es el amor romántico, caracterizada por una intensa focalización en un otro u otra específica. Aquí se activan con fuerza los circuitos de recompensa del cerebro, especialmente aquellos asociados a la dopamina. Es la fase de la euforia, la energía desbordante, la obsesión y la idealización, donde la persona amada ocupa gran parte del pensamiento cotidiano.
Finalmente, la tercera etapa es el apego, un sistema más estable y duradero, vinculado a la oxitocina y la vasopresina. Esta fase favorece la construcción de vínculos profundos, la confianza, la sensación de seguridad y el deseo de permanencia en el tiempo. Es la base neurobiológica de las relaciones de largo plazo.
Comprender estas etapas permite entender por qué el amor cambia, se transforma o incluso se desvanece, sin que ello implique necesariamente un fracaso personal. El cerebro no ama siempre de la misma forma, porque el amor no es una experiencia única ni lineal, sino un proceso dinámico atravesado también por la historia personal, contexto cultural y el entorno social. Pero, una cosa sí está clara para Fisher, las personas “estamos hechas para enamorarnos”.
El amor ¿es ciego?
Seguramente, la expresión “el amor es ciego” es ampliamente conocida. Y, la ciencia también tiene una explicación para ello. De acuerdo a la investigación “El Amor y el Cerebro”, de los docentes y terapeutas Richard Schwartz y Jacqueline Olds, de la Universidad de Harvard, durante el proceso del amor romántico se desactivan algunas regiones cerebrales, que permiten tomar decisiones con mayor racionalidad.
“Cuando estamos comprometidos con el amor romántico, la máquina neuronal responsable de hacer evaluaciones críticas de otras personas, incluidas las evaluaciones de aquellos con los que estamos involucrados románticamente, se cierra. Esa es la base neuronal de la antigua sabiduría “El amor es ciego””, indicó Schwartz.
Esta suspensión temporal del juicio ayuda a comprender por qué, durante el enamoramiento, se tiende a idealizar a la pareja y a minimizar señales de alerta. No se trata de falta de criterio, sino de un cerebro que prioriza el vínculo por sobre la evaluación racional.
El amor en tiempos contemporáneos
Aunque la ciencia coincide en que el amor es una emoción que no desaparecerá (y menos mientras se entiende en él como la permanencia de la especie), también reconoce que la forma en que hoy se vive ha cambiado, reconociendo que se adapta a los “nuevos tiempos” y a las nuevas formas de establecer vínculos. Es así como, las formas de generar relaciones se han adaptado según las generaciones que las viven y también al entorno o experiencias sociales que las impactan.
Fischer, por ejemplo, explica que hoy las relaciones pasan por períodos más lentos en algunas de las fases del amor, lo que denomina como “Sexo Rápido-Amor Lento”. Antes, uno de los mayores objetivos de las relaciones era lograr el matrimonio que el sistema imponía; una institución que permitía la reproducción y por supuesto el desarrollo de la familia tradicional. Así, el promedio de formalización de las relaciones alcanzaba a los 20 años en las mujeres y los 22 en los hombres. Hoy, en cambio, lograr el apego y la formalización de la relación demora más. Esto, por distintos factores: por una parte, porque hay un período de ‘precompromiso’, que prioriza el desarrollo de otros procesos en cada etapa del vínculo, asumiendo con mayor responsabilidad lo que se avecina. Con ello, el promedio de matrimonios en el mundo asciende en promedio a los 28 años en las mujeres y 30 en los varones.
Otro gran aspecto que ha generado un cambio trascendental en la forma de vivir el amor es la incorporación de las mujeres al mundo del trabajo, fenómeno que ha permitido el cambio de prioridades para el ámbito de las relaciones. Para Fischer, esto ha sido “lo que en realidad ha cambiado la forma de relacionarnos”; una teoría que también es asumida por Barbato.
El amor y la tecnología
“La tecnología nos permite hacer lo mismo que hemos hecho siempre, pero de forma diferente (…) la forma de ligar está cambiando, pero los circuitos cerebrales del amor romántico no cambiarán nunca”, sostiene Fischer, frente al cuestionamiento de si las apps de citas está cambiando la forma de enamorarse.
Abrir una app, deslizar, recibir un “match” y sentir una pequeña euforia no es casualidad: es dopamina en acción. Estas plataformas han transformado la manera en que las personas se conocen, se eligen y se relacionan. Basadas en algoritmos, imágenes y decisiones rápidas, prometen facilitar el encuentro amoroso, pero también introducen nuevas dinámicas de consumo afectivo.
Desde la biología, cada “match” activa circuitos de recompensa asociados a la dopamina, generando pequeñas descargas de placer ante cada coincidencia o interacción positiva. Este mecanismo explica por qué el uso de estas aplicaciones puede resultar altamente estimulante, incluso adictivo, más allá de que el vínculo se concrete o no en la vida real.
Sin embargo, la lógica de la inmediatez y la sobreoferta también puede dificultar la construcción del apego, una fase que requiere tiempo, presencia y continuidad. La abundancia de opciones, lejos de facilitar el encuentro profundo, puede reforzar la idea de que siempre existe alguien “mejor” a un desliz de distancia.
Así, en un mundo donde el amor se busca entre algoritmos y pantallas, la biología sigue siendo la misma, pero el entorno social y cultural redefine la manera en que esos circuitos se activan, se sostienen o se interrumpen.
En definitiva, si hasta ahora se asocia el amor al corazón, no queda más que cambiar el paradigma y, desde ya, vincular el mágico sentimiento con el cerebro.