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Felicidad declarada, bienestar en tensión: la complejidad chilena en 2025

Diversos estudios muestran que la mayoría de los chilenos se declara feliz. Sin embargo, los mismos datos revelan tensiones persistentes en torno a la salud mental y las condiciones de vida. Más que una contradicción, el escenario expone una pregunta incómoda: ¿Qué tipo de bienestar estamos viviendo en el Chile actual?

Cada 20 de marzo, se conmemora el Día Internacional de la Felicidad, instaurado por la Organización de las Naciones Unidas desde 2012, como reconocimiento al bienestar como aspiración universal. De esta forma, la Asamblea General de la ONU indica que este Día busca “reconocer la relevancia de la felicidad y el bienestar como aspiraciones universales de los seres humanos y la importancia de su inclusión en las políticas de gobierno. La resolución reconoce además la necesidad de que se aplique al crecimiento económico un enfoque más inclusivo, equitativo y equilibrado, que promueva el desarrollo sostenible, la erradicación de la pobreza, la felicidad y el bienestar de todos los pueblos”.

En definitiva, a través de esta conmemoración, se entiende que la felicidad contempla variables que van más allá de factores emocionales, pero que son fundamentales para cumplir el objetivo de contar con personas y países más felices.

Teniendo en cuenta todos los antecedentes, la pregunta es inevitable: ¿qué significa realmente ser feliz en un país que ha estado atravesado por situaciones que ponen a prueba la resiliencia de las y los chilenos (producto de eventos naturales, por ejemplo)? Una historia que de una u otra forma mantiene en alerta a un gran segmento nacional, producto del panorama socio político de Chile, presiones laborales, brechas y otros elementos que promueven con mayor frecuencia la conversación sobre salud mental de las personas.

Los datos disponibles en 2025 no muestran una contradicción simple, sino un escenario complejo.

Chile: mayoría feliz, vínculos como sostén

Según el Índice de Felicidad 2025 de Ipsos, el 74% de los chilenos se declara “feliz” o “muy feliz”, seis puntos más que el año anterior. Las principales fuentes de felicidad señaladas por las y los encuestados se concentran en dimensiones relacionales y de sentido: la familia (43%), sentirse apreciado/a (41%), la salud mental (30%) y sentir que la vida tiene sentido (24%). Sin embargo, cuando se consulta por los factores de infelicidad, emergen otros elementos relevantes: la situación financiera (58%), la salud mental (37%) y la salud física (29%).

La salud mental aparece así en ambos lados del diagnóstico social: como fuente de bienestar y como foco de preocupación.

A nivel internacional, el World Happiness Report sitúa a Chile en una posición intermedia dentro del ranking global de evaluación de vida, una medición que considera variables estructurales como apoyo social, ingresos, esperanza de vida saludable y confianza institucional. Es decir, el país no figura entre los más felices del mundo, pero tampoco entre los más rezagados.

Lo que miden los estudios (y lo que no)

No todos los indicadores hablan de lo mismo. Las encuestas de felicidad recogen percepción subjetiva y evaluación general de la vida. En cambio, los estudios de salud mental miden síntomas, diagnósticos o condiciones clínicas específicas. En ese plano, distintas investigaciones recientes muestran que la salud mental se ha consolidado como una preocupación persistente.

El Termómetro de Salud Mental Achs-UC 2025 indica que una proporción significativa de la población presenta síntomas asociados a ansiedad o malestar emocional sostenido. En el ámbito laboral, el estudio “Desafío Invisible: salud mental en el trabajo”, elaborado por Laborum y Combo, señala que el 54% de los trabajadores consultados declara tener o haber tenido un diagnóstico vinculado a salud mental, siendo la ansiedad generalizada y la depresión los cuadros más mencionados. El mismo informe muestra que las relaciones laborales —especialmente con jefaturas— influyen de manera importante en el bienestar psicológico.

Especialistas también han advertido sobre prácticas como la interrupción de tratamientos durante el verano, fenómeno que puede generar recaídas cuando no existe supervisión médica, recordando que el cuidado de la salud mental requiere continuidad.

La coexistencia de estos datos no implica necesariamente una crisis ni una negación de la felicidad declarada. Más bien revela que bienestar y malestar pueden operar en planos distintos.

Es posible sentirse satisfecho con la vida en términos generales —por los vínculos, la familia o el sentido personal— y, al mismo tiempo, experimentar ansiedad financiera, presión laboral o episodios depresivos. La felicidad, por lo tanto, no equivale a ausencia total de tensión.

Lo interesante no es desmentir el 74%, sino comprender qué tipo de felicidad está siendo medida y bajo qué condiciones se sostiene.

El bienestar como conversación social

Los promedios nacionales simplifican realidades diversas. Si una mayoría declara sentirse feliz, la pregunta relevante no es negar esa experiencia, sino ampliar la conversación: ¿qué ocurre con quienes viven malestar persistente? ¿Cómo se distribuye el bienestar? ¿Qué redes lo sostienen y cuáles fallan?

La felicidad puede ser auténtica. Pero sostenerla en el tiempo requiere más que resiliencia individual. Supone acceso a apoyo, continuidad en tratamientos cuando son necesarios, entornos laborales saludables y una conversación social menos estigmatizante sobre salud mental.

Más que una paradoja alarmante, los datos muestran una tensión interesante: Chile puede declararse feliz y, al mismo tiempo, reconocer que el cuidado de la salud mental necesita mayor atención.

La discusión, entonces, no es solo emocional. Es social, estructural y política.

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